Fundamentalismos, comunicación y globalización: Desafíos pastorales

por Dennis A. Smith

1. ¿Qué entendemos por “fundamentalismo”?

La palabra “fundamentalismo” surge en el contexto religioso estadounidense al principio del siglo 20. Se dio, en aquel entonces, una batalla campal en la comunidad protestante entre aquellos estudiosos que quisieron avalarse de las emergentes herramientas críticas otorgadas por la ciencia para la interpretación de los textos sagrados, y aquellos que se aferraban a una interpretación literalista de la Biblia. El aplicar métodos científicos críticos a las sagradas escrituras generó muchas preguntas que incomodaban al mundo académico religioso. ¿Qué quiere decir “Palabra de Dios?” ¿Qué papel jugó el contexto histórico, cultural y literario en el desarrollo de los textos bíblicos? ¿Quién era aquel carpintero de Nazareth? ¿Qué dijo? ¿Qué hizo? ¿Qué papel jugó en la fundación del la iglesia?

Los literalistas respondieron redactando una serie de folletos argumentando que para defender la doctrina sana y sin mancha tenían que afirmar ciertos “fundamentos” de la fe: la inspiración divina y la interpretación literal del texto bíblico; que Jesús nació de una virgen; la resurrección física de Jesús de la tumba, y así por el estilo. Confiar demasiado en la ciencia, enfatizaron los literalistas, llevaría a la iglesia a la confusión y la herejía.

Desde aquel entonces, hemos llegado a entender al fundamentalismo en un sentido más amplio: fundamentalismo es aferrarse incondicionalmente a una verdad, expresada en la interpretación literal de un texto o un discurso religioso, político o económico; fundamentalismo es huirse de la ambigüedad y aceptar incondicionalmente un liderazgo autoritario.

Frecuentemente, el fundamentalismo surge en comunidades que están tratando de construir o preservar su sentido de ser y de autoestima en medio de rápidos y profundos cambios sociales. El fundamentalismo se convierte en un refugio para comunidades tradicionales acosadas por cambios sobre los cuales no ejercen ningún poder.

En un mundo cada día más complejo, los fundamentalistas depositan en manos de sus líderes carismáticos la responsabilidad de discernir entre el bien y el mal. El seguidor, la seguidora no se siente competente para emitir juicios morales a partir de criterios propios.

Hoy en el mundo religioso están a la vista los fundamentalismos protestantes, católicos, hindúes, judíos, y musulmanes. Tales fundamentalismos brotan frutas amargas de violencia y sectarismo. Paralelamente, en las Américas hemos sido testigos del surgimiento de una variedad de fundamentalismos políticos: Bush en los Estados Unidos, Humala en el Perú, Chávez en Venezuela.

2. Los límites de la modernidad

¿Cómo llegamos a este extremo?

Acordémonos, primero, que nos prometieron otra cosa. La modernidad, nos dijeron, nos traería todos los beneficios del raciocinio humano: la ciencia y la tecnología nos otorgarían el control sobre el medio ambiente, se acabaría con toda carencia; la pasión ciega cedería lugar al entendimiento; hasta nuestros demonios interiores quedarían apaciguados por las bondades del progreso. Cuando Brasil, por ejemplo, emprendió su aventura accidentada hacia la modernidad en el siglo 19, toma como lema “Orden y Progreso.”

Hasta la religión se convertiría en un vehículo para divulgar las bondades de la modernidad. En el siglo 19, los dictadores liberales desde México hasta Brasil (y pasando por Guatemala) encontraron en la empresa misionera protestante un aliado ideológico imprescindible en su lucha contra la institución más rica y más poderosa que existía en América Latina en aquel entonces: la Iglesia Católica Romana. Las escuelas y hospitales construidos por los protestantes, junto con el espíritu práctico y empresarial de sus misioneros, motivaría a importantes sectores de la sociedad latinoamericana (intelectuales, artesanos, comerciantes, empresarios) a acoplarse a las ideologías liberales y capitalistas emergentes de Europa y los Estados Unidos.

Además, una liturgia basada en el discurso teológico lógico y razonado de los protestantes, un discurso basado en el análisis cuidadoso de un texto escrito, (nada de incienso, ninguna vela encendida, ninguna imagen de la Virgen) reduciría el poder cultural de la iglesia católica.

3. La irrupción de la religión carismática

Las iglesias evangélicas jugaron, en su momento, cierto papel en la consolidación del proyecto ideológico y cultural liberal. Sin embargo, la irrupción de la religión carismática en toda la región demuestra que las iglesias tradicionales nunca lograron controlar ni domesticar el profundo impulso religioso de América Latina. Hoy mas que nunca, hay gente que encuentran en los espectáculos carismáticos, en la espiritualidad indígena, en las religiones afro brasileiros un espacio sagrado, un encuentro estremecedor con la divinidad.

El pueblo latinoamericano sigue siendo un pueblo profundamente y, a veces, desenfrenadamente religioso. El racionalismo secular e, incluso, la fe razonada de jesuitas y presbiterianos, solamente han logrado una penetración superficial en nuestro medio.

¿Por qué la irrupción de la religión carismática? En parte, quizá, por el mismo fracaso del proyecto liberal.

En los últimos dos siglos América Latina ha sufrido un sin fin de conflictos políticos y económicos, pero hoy nos encontramos en la misma situación en la cual iniciamos nuestra aventura hacia la modernidad: como fuente de mano de obra barata y de recursos naturales para los países industrializados del Norte.

Ni la ciencia, ni la técnica, ni el estado laico, ni los proyectos económicos de los liberales han sido capaces de construir el imperio de la ley o asegurar la seguridad ciudadana, mucho menos proveerle de salud y educación a la población.

Algunos latinoamericanos, sin duda, han cosechado los beneficios del progreso, pero hoy en América Latina la brecha entre ricos y pobres, mujeres y varones, negros, indígenas y no-indígenas, el área urbano y el área rural, los terratenientes y los sin tierra es entre las más profundas del planeta.

O sea, el protestantismo tradicional se hizo aliado de facto de un proyecto político y económico que nunca ha podido cumplir sus promesas. Ya llegó la hora, quizá, ¡que los protestantes dejásemos de ser liberales!

Mientras tanto, una nueva generación de empresarios religiosos ha descubierto como acceder a los recursos espirituales colectivos de la región, empaquetarlos en drama y presentarlos con la autoridad y fuerza del misterio.

Las grandes ciudades de América Latina están llenas de masas precarias que han venido a la metrópoli huyéndose de la falta de oportunidad económica de la zona rural. Hay muchas personas que encuentran en los fundamentalismos religiosos un sentido de disciplina y autoestima que los ha permitido sobrevivir en un ambiente político y económico hostil.

Al acercarnos a este fenómeno, es importante no tratar a las personas que asisten a los nuevos espectáculos religiosos con paternalismo o un sentido de superioridad. Tenga por cierto que la gente halla en su fe religiosa, aunque sea carismática y fundamentalista, satisfactores reales: un sentido de comunidad, un espacio de consuelo, un sentido de empoderamiento personal, un ambiente disciplinado y de solidaridad.

Mucha gente busca estas alternativas religiosas precisamente porque las instituciones religiosas tradicionales, sean católicas o protestantes, no han respondido adecuadamente a sus necesidades.

¿Se dan abusos de poder, incoherencias y autoritarismo entre estos grupos? ¡Claro que sí! Pero también nuestras iglesias y sus dirigentes han hecho cosas terribles en el nombre de Dios.

La verdad es simple: el futuro de la religión en América Latina y en el mundo entero pasa por los movimientos carismáticos; si queremos trabajar temas sociales, temas políticos, temas de justicia y verdad con la gente, tenemos que relacionarnos con este movimiento, comprenderlo y respetarlo.

Yo, de mi parte, seguiré siendo presbiteriano. Y trataré de ayudar a mi iglesia posicionarse en esta nueva realidad, no entrando en competencia inútil con los neopentecostales, sino reimaginando nuestras propias estrategias pastorales, nuestra teología, nuestras tradiciones teológicas, nuestra misiología y nuestra eclesiología a la luz de la coyuntura actual.

Mi primera intuición me dice que debemos destacar nuestro sentido comunitario, nuestro compromiso ecuménico, nuestro énfasis histórico en sustentar una ética pública y en fiscalizar al ejercicio del poder; debemos destacar nuestro compromiso histórico con la justicia social.

4. Un espacio seguro para construir ciudadanía

¿Cómo inculcar un espíritu participativo, tolerante y fiscalizador entre las personas que asisten a las megaiglesias?

Comparto algunas lecciones que hemos aprendido en el Centro Evangélico de Estudios Pastorales en Centroamérica, (Cedepca). Cedepca viene trabajando en la formación de líderes de iglesias evangélicas históricas desde hace 20 años. En los últimos 10 años hemos ampliado nuestro enfoque, reconociendo que hoy la mayoría de los evangélicos son pentecostales; son precisamente los pentecostales los que más nos exigen servicios de formación. En el camino nos encontramos con muchos ex fundamentalistas que están buscando un espacio seguro y serio donde pueden repensar las cosas.

En este proceso, hemos descubierto la importancia del lenguaje. La mayoría de la gente que formamos parte del equipo de Cedepca procedemos de trasfondos fundamentalistas; hablamos el mismo lenguaje de fe. No sentimos la necesidad de acudir siempre a discursos de izquierda para hablar de la justicia o lenguaje técnico para caracterizar la realidad social.

Cada una, cada uno ha tenido su propio peregrinaje: la experiencia de la guerra y de las dictaduras militares; diversos procesos de abrirnos a la otra persona, descubriendo que Dios está presente en ella.

De especial importancia ha sido nuestra identificación con las muchas mujeres que han sido víctimas de la violencia. Hemos reconocido que la violencia contra la mujer ha sido tolerada en ambientes religiosos, practicada por líderes supuestamente “respetables” y justificada por el discurso teológico fundamentalista. Frente a esta situación, hemos insistido que Dios nunca desea la violencia contra la mujer; al contrario, dicha violencia es contra Dios mismo.

Paralelamente, sin mucha bulla, nos atrevimos a convertir a Cedepca en un espacio verdaderamente ecuménico, con la participación activa de evangélicos tradicionales, pentecostales, neopentecostales y católicos. Este en un ambiente en que evangélicos dicen que católicos no son cristianos y en que católicos descalifican a evangélicos como “hermanos separados” que han caído bajo los designios de un complot cultural del Norte.

Nos abrimos a una relación con nuestros hermanos católicos por dos razones: primero, gente católica empezó a asistir a nuestros cursos de formación y segundo, en nuestras propias vidas, ya teníamos años de rica convivencia con ellos, tanto en espacios de la sociedad civil como en espacios de estudio y de adoración.

Frente a la ambigüedad y las profundas contradicciones que caracterizan a la vida cotidiana, es importante que la gente tenga un espacio donde pueden expresar sus propias dudas y anhelos. Cedepca busca ofrecer un espacio seguro, donde la gente puede cuestionar, compartir sus sueños y inseguridad, cultivar su capacidad crítica, empaparse de las experiencias de otras comunidades y conocer el actuar de la iglesia en otros momentos de la historia.

5. El fundamentalismo vs. una ética ciudadana

A la hora de acercarnos a los grupos fundamentalistas tenemos que preguntarnos ¿Qué visión ofrecemos? ¿Qué forma de ser proponemos?

Los neopentecostales ofrecen una poderosa visión de un dios muy personal, proveedor y protector, individualista, fuente de bendición material; un dios que se revela por medio de milagros y señales; un dios que habla contundentemente por medio de líderes carismáticos.

Frente a este dios, no es suficiente aducir la superioridad de nuestro análisis. Tenemos que ofrecer satisfactores reales: consuelo a los desconsolados, esperanza a las desesperanzadas. La tarea concreta es hacer un aporte a la construcción de seres autónomos, con criterio propio, capaces de integrarse con ternura y responsabilidad a una comunidad, capaces de enfrentar la ambigüedad con tranquilidad.

En el campo de la ética, cada persona debe desarrollar su capacidad de discernir entre el bien y el mal. Es profundamente nefasto para el bienestar de la colectividad, depositar en manos de otras personas, y especialmente en manos de personas con ansias de poder, la responsabilidad de discernir entre el bien y el mal.

Frente a la ética maniquea y ensimismada del fundamentalismo hay que construir una ética de responsabilidad, participación y tolerancia. No se trata de crear algo nuevo, sino de recuperar la esencia de las grandes tradiciones religiosas.

Viene a la mente La abolición del hombre, un libro escrito en 1947 por el gran apologista cristiano, C.S. Lewis. El libro presenta un contraste entre la educación moderna con su culto a la técnica y la milenaria filosofía china conocida como el Tao (el Sendero). Lewis utiliza este término para presentar una reseña de principios éticos comunes a muchas tradiciones humanas. Bajo el Tao recoge el fruto de la sabiduría cristiana, judía, egipcia, nórdica, babilonia, hindú, china, romana, amerindia, y griega.

Los principios éticos en que debemos fundamentar nuestras vidas, dice Lewis, no son monopolio de ninguna tradición religiosa; son patrimonio de la humanidad. Destaca los siguientes:

Personas y comunidades que practican estos principios no tendrán, en las palabras de Eric Fromm, “miedo a la libertad.” Frente al cruel dominio del consumismo y del mercado, frente al consumo individualista de bienes simbólicos, frente a los nuevos populismos autoritarios que van sembrando el cinismo en la ciudadanía, frente a la cultura de corrupción y violencia - proponemos recuperar y celebrar estas tradiciones.

Hace dos décadas en la WACC nos preguntamos, ¿Qué hace que una comunicación sea cristiana? Como respuesta, y bajo la redacción de Michael Traber, llegamos a la conclusión de que la comunicación cristiana:

Esto nos lleva, finalmente, a los medios de comunicación. Más que la familia, más que la escuela y más que la iglesia, los medios se han convertido en el espacio donde construimos nuestros sueños y valores, y también nuestros discursos políticos. Los telepredicadores, con gran dinamismo empresarial, han sabido pelear los nuevos espacios de construcción de capital simbólico y convertirse en actores en los medios. En cambio, la iglesia católica y las iglesias evangélicas tradicionales, con importantes excepciones, no han sabido diseñar mensajes mediáticos a partir del universo simbólico de la cultura popular. Hay un profundo desconecte entre el discurso de una misa o de un culto televisado, y el narrativo religioso cotidiano que se da en la calle. Las jerarquías de las iglesias tradicionales no han comprendido que el universo simbólico de la gente, mucho más que un simple adorno, es parte esencial de su fe (Marques de Melo, 2005:136-137).

¿Podemos pensar en una campaña ecuménica para colocar en los grandes medios, una visión de la fe y de la ciudadanía a partir de los valores éticos del Tao y las estrategias plasmadas en los Principios Cristianos de la Comunicación de la WACC? ¿Podemos recoger y divulgar, con la excelencia técnica y creatividad que exigen los grandes medios, historias del pueblo llenas de ternura, de esperanza, y sed de justicia? Muchos ya lo están haciendo a nivel local; llegó la hora de pensar en grande.

Yo, de mi parte, seguiré aportando a este proceso desde mi tradición particular. No porque es mejor que las otras tradiciones, sino porque sin mi aporte, la colectividad sale empobrecida. Y, sin su aporte desde su propia tradición, yo salgo empobrecido.

- julio de 2,006

Bibliografía:

Lewis, C.S. The Abolition of Man. MacMillan, NewYork. 1971

Marques de Melo, José. Comunicação Eclesial: Utopia e Realidade. Paulinas & SEPAC, São Paulo, Brazil. 2005.

- Dennis A. Smith, licenciado en comunicación social, es misionero de la Iglesia Presbiteriana (EUA). Ha trabajado en Guatemala desde 1977. Coordina la Pastoral de la Comunicación del Centro Evangélico de Estudios Pastorales de Centroamérica (Cedepca) y es presidente de la región América Latina de la Asociación Mundial para la Comunicación Cristiana. Correo electrónico: dsmith@cedepca.org o daspascom@netzero.com